Este miércoles, mientras el sol de julio todavía castiga, César Jáuregui se autoproclamó “Organizador / Anfitrión Principal” de un evento familiar en las canchas de la Colonia Campesina. El volante es una fiesta de colorines: confeti, sol sonriente, paletas, hamburguesas y la promesa de “celebrar juntos el verano”. Parece inofensivo. Casi tierno. Hasta que uno recuerda que en la política chihuahuense nadie reparte juguetes sin cobrar interés.
Jáuregui no está celebrando el verano. Está inaugurándolo. El calor que le interesa no es el del clima, sino el de la movilización anticipada. Mientras otros todavía miden el agua, él ya está en la colonia, sonrisa de campaña puesta, construyendo presencia y fabricando la narrativa de que “estamos juntos”. El verano caliente no se espera: se organiza. Y él decidió organizarlo primero.
El mismo Jáuregui que hoy reparte dulces es el que advierte, con tono grave, que en 2027 “nos vamos a jugar la chihuahuanidad”. Según él, ya no se trata de un simple cambio de gerente. Ahora está en riesgo la forma de vivir, trabajar y decidir de los chihuahuenses. Recuerda con nostalgia aquellas disputas entre PRI y PAN en las que la gente se apasionaba, pero nadie temía realmente que el adversario ganara. “Hoy sí hay temor”, dice. Y lo dice como quien descubre, de pronto, que el miedo también se puede capitalizar.
Mientras Jáuregui enciende la alarma existencial, del otro lado del espectro Cruz Pérez Cuéllar recorre Jiménez repartiendo hospitales como si fueran volantes de campaña. “Cuando llegue la Cuarta Transformación, el hospital será una realidad”, promete. El discurso es impecable. El detalle es que en la capital, el hospital del IMSS sigue sin construirse. El terreno se regresó al municipio en al menos dos ocasiones y ni siquiera aparece en el presupuesto federal. Pérez Cuéllar exige infraestructura donde no gobierna y guarda silencio donde sí podría exigirle resultados a los suyos, como en ciudad Juárez donde se inauguró un hospital del IMSS con bombo y platillo, pero que aún no funciona a cabalidad. La urgencia, al parecer, solo aparece cuando hay micrófono y desaparece cuando hay presupuesto.
“Mientras no haya juez, no hay corrupción”: el convenientísimo estándar de Martín Chaparro
Hablando de presupuestos, el profe Martín Chaparro, aspirante de Morena a la gubernatura, tiene una fórmula mágica para lidiar con las acusaciones de corrupción contra su correligionario Cruz Pérez Cuéllar: que la ciudadanía presente las pruebas… y si quiere, él mismo les pone los abogados.

No es broma. Ante la pregunta directa sobre los señalamientos de corrupción que pesan sobre Pérez Cuéllar y el hecho de que, a pesar de ellos, sigue midiendo fuerte y con posibilidades reales, Chaparro respondió con la serenidad de quien acaba de descubrir el Estado de derecho: “Si alguien tiene elementos de prueba, que ponga la denuncia. Es más, les ponemos abogados para que lo hagan. Pero háganlo”.
El mensaje es claro. No es que no existan las sospechas. No es que no haya preguntas incómodas sobre el origen de los recursos que permiten a Pérez Cuéllar mover multitudes en cada evento. Es que, mientras un juez no lo declare culpable, la corrupción simplemente… no existe. Es una teoría jurídica fascinante: la impunidad no es un problema de falta de investigación, sino de falta de sentencia firme. Mientras tanto, todo es legítimo.
Cuando le insistieron en las “evidencias extrañas” —¿de dónde sale el dinero para movilizar tanta gente?— Chaparro repitió el libreto. Que el PAN lo hace de manera política. Que la gente denuncie. Que él pone los abogados. Y cerró con la frase que debería enmarcarse: “Mientras no se compruebe una corrupción, no existe”.
El mismo hombre que dice que Morena nació para acabar con el dispendio de recursos en las campañas, reconoce que tanto Pérez Cuéllar como la senadora con licencia Andrea Chávez han hecho dispendio. Pero, otra vez, “es la ciudadanía la que debe denunciarlo”, porque él no puede señalar a nadie hasta que un juez hable.
Chaparro no niega el dispendio. No niega las sospechas. Simplemente traslada la responsabilidad a la ciudadanía y se reserva el derecho de no opinar hasta que alguien más haga el trabajo sucio. Y si alguien se anima, él les paga el abogado. Generoso.
Así se defiende hoy en Morena Chihuahua: no con transparencia, no con explicaciones, sino con una invitación a litigar. Mientras tanto, las campañas siguen, los eventos se llenan y el dinero —de donde sea que salga— sigue moviendo gente.
Y en medio de tanto ruido, Miriam Soto, alcaldesa de Meoqui, hace lo que todo político sensato hace cuando el agua empieza a calentarse: se registra. Ya tiene su papeleo ante el PAN para buscar una diputación local, aunque aclara —con la prudencia de quien aún tiene silla— que su prioridad es terminar su segundo periodo. Ni alarma existencial ni hospitales imaginarios. Solo un registro a tiempo y la frase de siempre: “Hasta el último momento voy a cumplir con la encomienda”. Traducción: ya estoy en la foto, pero todavía no me muevo del escritorio.
Así se escribe el verano político en Chihuahua. Unos organizan fiestas para marcar territorio. Otros venden miedo como si fuera programa de gobierno. Los de enfrente prometen hospitales en municipios ajenos mientras en casa no levantan ni el primer ladrillo. Y los más astutos simplemente se anotan en la lista y esperan a que el calor decida por quién soplar.