El Culiacanazo de la «Transformación»: Crónica de la caída de un Narco gobierno

Por: HORUS La Columna

¡Paren todo! Resulta que en el país de «no pasa nada» y los «abrazos para la banda», una noticia que dejó a todos con la boca abierta… o bueno, a los que todavía tienen el descaro de fingir sorpresa. Resulta que en Sinaloa no gobierna la ley, ni la Constitución, ni mucho menos el pueblo; ahí lo que manda es una sociedad por acciones donde el acta constitutiva se firmó con sangre y se selló en una pista de aterrizaje clandestina.

Hablemos del «Terremoto Rocha». Lo del gobernador Rubén Rocha Moya ya no es un escándalo de pasillo, es un guion de Netflix que se quedó corto. Mientras el estado se desangra en una «narcoguerra» de casi cien días —que para el Gobierno Federal seguramente son solo «incidentes de convivencia»—, el señor gobernador sigue ahí, atornillado a la silla, cobijado por el manto sagrado de Morena. Porque claro, para la «Cuarta», la lealtad se mide en silencio cómplice.

Lo de la famosa reunión de mayo donde emboscaron al «Mayo» Zambada es una joya de la picaresca política. Rocha juró por la virgencita que él andaba de paseo en Estados Unidos (casualmente ese día, qué puntería), pero hasta hoy, el pasaporte y los sellos de entrada tienen menos existencia que la honestidad en la FGR. Ahora resulta que no solo eran «vínculos», sino que eran, básicamente, la misma oficina. La DEA y la justicia de Nueva York no están buscando a un «político que se dejó corromper», están buscando a un integrante más del organigrama del cártel. ¡Qué nivel de ascenso profesional! De la academia al gobierno, y del gobierno al banquillo de los acusados en el Distrito Sur de Manhattan.

Y mientras la presidenta Claudia y el exguía espiritual de Palenque siguen repartiendo bendiciones, los datos duros nos escupen en la cara: contratos de obra pública entregados a las esposas del Chapo —la empresa JM Construcción, para más señas—, parentescos entre la cúpula judicial sinaloense y los operadores de «Los Chapitos», y una estructura electoral que parece haber sido diseñada por un consejo de administración delictivo.

¿Saben qué es lo más tierno? Que el Gobierno de México pide «pruebas». Como si la jueza Katherine Polk Failla en Nueva York se dedicara a judicializar casos basándose en «otros datos» o en tuitazos matutinos. Si Estados Unidos ya le puso el ojo a Rocha, es porque tienen hasta el ticket de la cena donde se repartieron los municipios.

El drama no es que haya corruptos —esos son como la humedad, siempre están—, el drama es que ya no hay distinción. La línea entre la oficina del gobernador y el búnker de la sierra se borró tanto que ya usan el mismo mobiliario. Sinaloa no es un estado con problemas de seguridad; es un «narcopatio» que le sirve de modelo al resto del país.

Así que, mientras el estado arde y las familias se encierran, Rocha dice que «no tiene nada que ocultar». Pues si tan limpia tiene la conciencia, que suelte el hueso, entregue el pasaporte y se dé una vuelta por Brooklyn. Dicen que el clima en las cortes neoyorquinas es refrescante para quienes confunden la banda presidencial con un chaleco antibalas. Pero no se preocupen, aquí lo seguirán protegiendo… hasta que el ruido de las cadenas en el norte sea demasiado fuerte para ignorarlo.

Postdata: Qué curioso que a gobernadoras de oposición les inventen expedientes por desmantelar laboratorios, pero a los suyos, los que cenan con el hampa, les den una palmadita en la espalda y un «resista, compañero». La moral de este gobierno es, sin duda, de una flexibilidad gimnástica.

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