Andy López Beltrán decidió romper el silencio y publicar un video en redes sociales para deslindarse categóricamente de cualquier relación con el llamado huachicol fiscal. Pero, más allá de su negativa, el mensaje terminó convertido en un largo ejercicio de victimización política, descalificaciones y una defensa casi mesiánica del legado de su padre, Andrés Manuel López Obrador.
Con tono solemne, discurso de barricada y una narrativa que parece sacada del manual de propaganda de cualquier régimen comunista que considera enemigos a quienes lo cuestionan, el hijo del expresidente no solamente negó tener relación con los delitos que se le atribuyen en versiones periodísticas, sino que presentó una supuesta conspiración internacional para destruir su imagen y la de su familia.
Según su versión, todo forma parte de una campaña de guerra sucia encabezada por empresarios, medios de comunicación y agencias extranjeras que, resentidos por haber perdido sus privilegios con la llegada de la Cuarta Transformación, ahora buscarían atacar al movimiento y a sus principales figuras.
Es decir, para Andy, el problema no está en las acusaciones que circulan ni en la necesidad de esclarecerlas, sino en quienes se atreven a plantearlas. Una lógica bastante conveniente: si alguien pregunta, es enemigo del pueblo; si alguien investiga, trabaja para intereses extranjeros; y si alguien publica información incómoda, entonces forma parte de una conspiración.
En su exposición, López Beltrán negó haber hablado con funcionarios de la Secretaría de Marina y aseguró que la persona que lo menciona en una supuesta entrevista no cuenta con pruebas para involucrarlo. También afirmó que esa persona, detenida en Argentina, habría recibido ofrecimientos de protección e inmunidad por parte de agentes estadounidenses del FBI a cambio de colaborar contra él, su padre y el Gobierno mexicano.
Se trata de afirmaciones graves que, por supuesto, tendrían que acreditarse con elementos verificables. Sin embargo, Andy parece considerar suficiente presentar su propia versión para dar por cerrado el asunto. Porque en el universo político que describe, la verdad no se construye mediante investigaciones, documentos y pruebas: aparentemente basta con proclamarla frente a una cámara.
Pero el momento más revelador llegó cuando comenzó a repartir acusaciones contra quienes han difundido información sobre el caso.
Señaló directamente a Ramón Alberto Garza, Ricardo Salinas Pliego y Carlos Loret de Mola, a quienes atribuyó participación en una campaña de calumnias y colaboración con intereses extranjeros. Todo ello sin que en el video presentara elementos documentales que respaldaran sus señalamientos.
La estrategia discursiva fue conocida: dividir al país entre los buenos y los malos, los que están con el pueblo y los que supuestamente viven de sus privilegios. De un lado, los integrantes de la 4T, convertidos por Andy en combatientes de una causa superior; del otro, empresarios, periodistas y cualquiera que cuestione al movimiento, colocados en el papel de enemigos de México.
Una narrativa que parece tenerle alergia a la pluralidad y que confunde la crítica con la conspiración.
Andy aseguró que los empresarios y medios que cuestionan a su familia están molestos porque ahora tienen que pagar impuestos, respetar la ley y dejar de actuar por encima de ella. Curiosamente, en todo su discurso no dedicó el mismo entusiasmo a explicar por qué las acusaciones relacionadas con el huachicol fiscal deben investigarse hasta sus últimas consecuencias, independientemente de los apellidos involucrados.
Porque si la consigna de la Cuarta Transformación es que nadie está por encima de la ley, esa máxima también debería aplicarse a los hijos del expresidente. El apellido López Obrador no puede funcionar como escudo político, pero tampoco las acusaciones mediáticas deben convertirse automáticamente en sentencias. Lo que corresponde es investigar, presentar pruebas y permitir que las autoridades determinen responsabilidades.
Sin embargo, Andy prefirió refugiarse en el viejo repertorio de la revolución de las conciencias, el pueblo despierto y los adversarios que quieren regresar al pasado.
Incluso se permitió colocar nuevamente a su padre en el pedestal de la historia, asegurando que Andrés Manuel López Obrador fue el mejor presidente de la historia moderna del país. Una afirmación que, desde luego, pertenece al terreno de la valoración política y no al de las verdades absolutas que pretende imponer su discurso.
No podía faltar tampoco la invocación a la máxima de «primero los pobres», ni la advertencia de que la historia terminará juzgando a sus adversarios. Prácticamente, un sermón político en el que Andy se coloca del lado de los justos, los perseguidos y los incomprendidos, mientras señala a los demás como responsables de todos los males nacionales.
El detalle es que nadie le estaba pidiendo que organizara una ceremonia de canonización familiar. Lo que se necesita son explicaciones sobre los señalamientos que han circulado y, sobre todo, claridad respecto a cualquier posible vínculo con las investigaciones del huachicol fiscal.
Su video, en cambio, terminó pareciéndose más a un manifiesto de lealtad al obradorismo que a una explicación puntual sobre las acusaciones.
Y es que Andy no solamente defiende su inocencia: también parece reclamar para sí el monopolio de la legitimidad moral de la 4T. Se presenta como representante del pueblo, defensor de la soberanía, combatiente de los privilegios y víctima de una conspiración internacional. Una colección de atributos que, de haber agregado que su palabra era sagrada, habría dejado poco espacio para distinguir el discurso político de un culto a la personalidad.
Sólo le faltó pedir que, además de aplaudir a su padre, ahora también le rindieran homenaje a él.
Porque una cosa es defenderse de acusaciones que considera falsas y otra muy distinta pretender que cualquier cuestionamiento constituye un ataque contra el pueblo de México. Los periodistas no tienen que pedirle permiso al poder para investigar, los empresarios no pierden sus derechos por disentir y las autoridades extranjeras no convierten automáticamente en falsas sus actuaciones por el simple hecho de que alguien las cuestione.
La soberanía nacional tampoco significa inmunidad frente a la crítica.
Al final, Andy López Beltrán cerró con la advertencia de que no tiene miedo, que no se doblará y que seguirá luchando por sus ideales. Una despedida digna de un revolucionario perseguido, aunque la pregunta de fondo sigue sin responderse: ¿por qué una defensa frente a señalamientos concretos termina convertida en un discurso contra empresarios, periodistas, gobiernos extranjeros y todo aquel que no comulgue con el obradorismo?
La Cuarta Transformación prometió acabar con los privilegios y establecer que nadie estaría por encima de la ley. Sería interesante que sus principales exponentes recordaran que esa promesa también incluye a sus propias familias.
Porque el pueblo puede ser mayor de edad, como dice Andy, pero eso también significa que tiene derecho a preguntar, cuestionar, investigar y exigir explicaciones sin que lo acusen de formar parte de una conspiración.
Y si la historia va a juzgar a todos, como repitió el hijo de AMLO, quizá convendría recordar que la historia no se escribe únicamente con discursos, aplausos y proclamas revolucionarias. También se escribe con hechos, documentos y responsabilidades.
La verdad no se hereda con el apellido, Andy; tampoco se decreta desde un video.