El 22 de septiembre de 1990, una lluvia extraordinaria convirtió calles y arroyos de la capital en verdaderos ríos; la tragedia dejó decenas de personas fallecidas, desaparecidos, miles de damnificados y cientos de viviendas destruidas. Hoy, Protección Civil recuerda aquel episodio como una de las grandes lecciones sobre prevención y respuesta ante emergencias en Chihuahua.
Hay fechas que permanecen grabadas en la memoria colectiva de una ciudad. El 22 de septiembre de 1990 es una de ellas para Chihuahua.

Hace exactamente 36 años, una tromba de extraordinaria intensidad azotó la capital del estado y buena parte de la región centro-sur, provocando inundaciones, derrumbes, vehículos arrastrados por las corrientes y una tragedia humana que todavía permanece en la memoria de quienes la vivieron.

Aquel sábado quedó marcado para siempre como el “Sábado Negro”, una jornada en la que, en cuestión de horas, el agua tomó el control de calles, avenidas y cauces, sorprendiendo a una ciudad que en aquel entonces contaba con capacidades de respuesta mucho menores a las actuales.
El Atlas de Riesgos del Municipio de Chihuahua registra que el 22 de septiembre de 1990 se presentó una precipitación de aproximadamente 130 milímetros en un intervalo de tres horas, generando escurrimientos de gran magnitud que desbordaron los arroyos de la ciudad. El mismo documento señala un saldo de 50 personas fallecidas, 360 viviendas destruidas y cerca de 700 con daños parciales. (Municipio Chihuahua)

Sin embargo, archivos periodísticos y testimonios recopilados a lo largo de los años han manejado otras cifras. El Diario de Chihuahua documentó, con base en archivos periodísticos y el libro Días de lluvia; más allá del espejismo, olas en el desierto, alrededor de 47 personas fallecidas, 10 desaparecidas, más de 12 mil damnificados, mil 360 viviendas con daños totales y otras 740 con daños parciales. (El Diario de Chihuahua)

Más allá de las diferencias entre registros, todas las fuentes coinciden en algo: la magnitud de aquella tragedia fue extraordinaria para la Chihuahua de 1990.
El agua convirtió las calles en ríos
La lluvia comenzó a intensificarse durante la tarde del 22 de septiembre. En poco tiempo, los cauces naturales de la ciudad comenzaron a recibir enormes cantidades de agua procedente de las zonas altas.
El río Chuvíscar y los distintos arroyos que atraviesan la capital se convirtieron en protagonistas involuntarios de una tragedia que tomó por sorpresa a cientos de familias.
Avenidas como la Universidad, Díaz Ordaz y Tecnológico quedaron bajo el agua, mientras las corrientes descendían desde los lomeríos y las partes altas de la ciudad.
El Atlas de Riesgos municipal documenta precisamente que aquella inundación afectó a toda la ciudad y que los cauces recibieron escurrimientos particularmente intensos. (Municipio Chihuahua)
En varias colonias, el agua alcanzó niveles capaces de arrastrar automóviles y derribar viviendas.
Uno de los sectores más afectados fue la zona de la colonia Pacífico, donde el arroyo La Manteca incrementó rápidamente su caudal. Testimonios recopilados años después describieron cómo la corriente arrastraba vehículos, muebles y materiales, mientras los vecinos intentaban auxiliar a quienes habían quedado atrapados.
En la colonia Mirador, las escenas fueron igualmente dramáticas.
Luis Corral Torresdey, quien actualmente encabeza la Coordinación Estatal de Protección Civil y que aquella noche se desempeñaba como paramédico de Cruz Roja, ha recordado que encontró un escenario devastador: viviendas prácticamente cubiertas por el agua, construcciones de adobe que no resistieron la fuerza de la corriente y personas que tuvieron que refugiarse en los techos de sus casas mientras esperaban ser rescatadas. (El Diario de Chihuahua)
Y cuando el nivel del agua comenzó finalmente a descender, vino otra de las partes más dolorosas de la emergencia: la búsqueda y recuperación de las víctimas.
La tragedia también golpeó al centro-sur
La emergencia no se concentró exclusivamente en Chihuahua capital.
En la región centro-sur del estado, la cantidad de agua también provocó graves afectaciones.
Rosales y Julimes quedaron incomunicados debido a la creciente del río San Pedro, mientras que Meoqui enfrentó problemas de comunicación por la inundación de caminos y del vado.
La presa Francisco I. Madero, conocida como Las Vírgenes, registró una situación crítica ante el incremento de los niveles de agua.
En Delicias, cientos de vehículos quedaron varados debido a las inundaciones y también se registraron importantes daños en las zonas agrícolas.
Los cultivos de algodón, soya y cacahuate resultaron afectados, con estimaciones históricas que señalaron daños de hasta 30 por ciento de la superficie sembrada en determinadas zonas.
Para los días posteriores a la tromba, la emergencia continuaba.
Se reportaban personas fallecidas por ahogamiento, viviendas derrumbadas, comunidades incomunicadas y familias que habían perdido prácticamente todo.
Los albergues se convirtieron entonces en refugio para decenas de familias que habían quedado sin vivienda.
La tragedia, por tanto, no terminó cuando dejó de llover.
Comenzó entonces una segunda etapa: rescatar, buscar desaparecidos, recuperar cuerpos, evaluar daños, reconstruir viviendas y tratar de regresar a la normalidad.
Un antes y un después para la Protección Civil
Treinta y seis años después, Luis Corral Torresdey considera que aquella tragedia representa uno de los acontecimientos que permiten entender cómo ha evolucionado la capacidad de respuesta de Chihuahua.
El funcionario ha señalado que en 1990 los cuerpos de emergencia tenían una organización, capacitación y equipamiento considerablemente diferentes a los que existen actualmente.
La comparación que hace Corral Torresdey tiene como referencia otro desastre que marcó profundamente a México: el terremoto de 1985.
Después de aquel sismo se creó en 1986 el Sistema Nacional de Protección Civil, como parte de la transformación de las estructuras de prevención y atención de emergencias en el país.
En Chihuahua, el proceso de consolidación de las instituciones de Protección Civil ocurrió posteriormente y desembocó en la creación de la Coordinación Estatal de Protección Civil en 1994.
Desde entonces, las capacidades de respuesta se han incrementado paulatinamente.
Los cuerpos de Bomberos, las corporaciones policiacas, los servicios médicos, las autoridades municipales y estatales y las propias estructuras de Protección Civil cuentan hoy con mayores herramientas para enfrentar inundaciones, incendios, accidentes, fenómenos meteorológicos y otro tipo de emergencias.
De los rescates improvisados a la coordinación institucional
La diferencia entre 1990 y la actualidad no solamente está en la cantidad de equipo disponible.
También está en la forma de enfrentar una emergencia.
Hoy existen protocolos, simulacros, capacitación especializada, identificación de zonas de riesgo, sistemas de comunicación y coordinación entre distintas instituciones.
Los cuerpos de emergencia pueden trabajar de manera conjunta con policías, Bomberos, Cruz Roja, autoridades municipales, Ejército, corporaciones estatales y dependencias encargadas de infraestructura y servicios.
Esa evolución es precisamente una de las principales enseñanzas que dejó el “Sábado Negro”.
Porque si algo mostró aquella tragedia es que la emergencia no avisa y el margen de reacción puede ser de apenas unos minutos.
La experiencia de 1990 también puso sobre la mesa la importancia de conocer los cauces naturales de los arroyos, evitar construcciones en zonas de riesgo y entender que un cauce que permanece seco durante meses puede convertirse en cuestión de minutos en una corriente peligrosa.
La ciudad que quedó marcada por el agua
A 36 años de distancia, Chihuahua es una ciudad muy distinta a la de 1990.
Ha crecido, sus vialidades se han transformado, se han construido nuevas obras de infraestructura y los cuerpos de emergencia han evolucionado.
Pero los arroyos siguen existiendo.
Los escurrimientos naturales continúan formando parte de la geografía de la ciudad y las lluvias extraordinarias siguen representando un riesgo.
Por eso, el recuerdo de aquella noche no solamente tiene un valor histórico.
También funciona como una advertencia.
El propio Atlas de Riesgos municipal mantiene registrada la tromba de 1990 como uno de los principales antecedentes históricos de inundaciones de la capital y señala la necesidad de manejar adecuadamente los escurrimientos pluviales para reducir riesgos futuros. (Municipio Chihuahua)
La historia demuestra que una lluvia intensa puede transformar en minutos el rostro de una ciudad.
36 años después, la lección permanece
Para quienes vivieron aquella noche, el “Sábado Negro” no es solamente una fecha en el calendario.
Es el recuerdo de familiares que no regresaron, de viviendas que desaparecieron bajo el agua, de vehículos arrastrados por la corriente, de vecinos que se convirtieron en rescatistas improvisados y de una ciudad que despertó al día siguiente tratando de dimensionar la magnitud de la tragedia.
También es la memoria de quienes participaron en los rescates y que, como Luis Corral Torresdey, fueron testigos directos de aquel desastre.
Hoy, tres décadas y media después, la Protección Civil cuenta con mayores capacidades y una estructura institucional que no existía en 1990.
Pero Corral Torresdey ha insistido en que la preparación no debe comenzar cuando ocurre la emergencia.
Debe comenzar antes.
Con simulacros, capacitación, identificación de riesgos, coordinación entre instituciones y participación ciudadana.
Porque la tecnología y el equipamiento pueden mejorar, pero ninguna herramienta sustituye una sociedad preparada.
El “Sábado Negro” dejó una ciudad herida, decenas de familias enlutadas y miles de damnificados.
Pero también dejó una enseñanza que permanece vigente:
el agua puede tardar meses en regresar a los cauces, pero una lluvia extraordinaria puede devolver en minutos el peligro que durante años permanece oculto.
A 36 años de aquella tragedia, Chihuahua recuerda a quienes perdieron la vida y, al mismo tiempo, mantiene vigente la obligación de aprender de aquel día en que, para muchos, parecía que literalmente se había caído el cielo sobre la ciudad.
La nota puede complementarse con una línea del tiempo del 22 al 25 de septiembre de 1990, una sección de “Así fue el Sábado Negro en cifras” y testimonios de sobrevivientes, lo que le daría todavía más peso histórico para publicación en aniversario.