Entre héroes de bronce, huérfanos políticos, traiciones y bebés del terror

POR HORUS La Columna

Es tiempo de los valientes

Hay frases que se pronuncian en un informe y se pierden entre aplausos, discursos y protocolos. Y hay otras que alguien decide rescatar porque, quizá, entiende que tienen más vigencia política de la que aparentan.

Eso ocurrió con Santiago De la Peña.

Durante la presentación del Quinto Informe de Gobierno de Marco Bonilla ante los integrantes del Cabildo de Chihuahua, el secretario general de Gobierno decidió traer a la mesa una de las frases más contundentes pronunciadas por la gobernadora Maru Campos: “Mientras en el resto del país el miedo dobla las voluntades, Chihuahua se alza con valentía para plantarle cara”.

Y vaya que eligió bien.

Porque en política las palabras tampoco son inocentes. Importa lo que se dice, pero también aquello que se decide repetir. De la Peña pudo destacar cualquier otro pasaje del mensaje de la gobernadora, pero optó por uno que habla de miedo, de voluntad y, sobre todo, de valentía.

El mensaje parece bastante claro: mientras en otras partes se agacha la cabeza, Chihuahua presume de mantenerla levantada.

Y justo cuando la sucesión de 2027 comienza a calentarse, difícilmente puede considerarse casual que desde el Gobierno estatal se amplifique un discurso que coloca en el centro conceptos como valentía, resistencia y defensa de la libertad.

Pero si alguien entendió que aquello no era simplemente una frase bonita para un discurso fue el propio Marco Bonilla.

Horas después, durante el homenaje a Francisco “Pancho” Barrio Terrazas, el alcalde se encargó de ponerle nombre y apellido a esa narrativa.

Y recordó una frase que, según relató, le dijo personalmente el exgobernador durante una de sus últimas conversaciones:

“Marco, es tiempo de los valientes. No hay que rajarse.”

Ahí está.

De “Chihuahua no se dobla” a “no hay que rajarse”.

El diccionario político de estos días parece bastante sencillo.

Bonilla aprovechó el homenaje a Barrio para hablar de democracia, libertad y de una generación que enfrentó dificultades económicas, represión política y un despertar ciudadano que desembocó en la lucha electoral de 1986.

Una generación, recordó, que pudo perder una elección, pero que terminó ganando algo mucho más trascendente: abrir el camino para la transformación democrática del país.

Y en medio de ese homenaje histórico apareció, inevitablemente, el presente.

Porque cuando un alcalde recuerda públicamente que un exgobernador le dijo “es tiempo de los valientes”, difícilmente el mensaje se queda encerrado en el pasado.

Sobre todo cuando estamos a las puertas de una batalla electoral que ya comenzó a librarse aunque todavía no aparezcan formalmente las boletas.

Bonilla no necesita decir “2027” a cada cinco minutos para que todos entiendan el contexto.

De hecho, quizá resulte más efectivo no decirlo.

Hablar de valentía, democracia, libertad, miedo y de no rajarse en septiembre de 2026 tiene bastante más filo político que cualquier destape anticipado.

Y quizá ahí esté una de las claves del mensaje.

Bonilla no se presentó solamente como un político que admira a Barrio. Se colocó como parte de una tradición política: la de quienes, según su relato, entendieron que había momentos en los que había que dar la cara.

Por eso su frase final adquirió especial relevancia:

“Este busto no puede convertirse solamente en una pieza de bronce. Tiene que ser un homenaje vivo de Chihuahua para México entero”.

Un homenaje vivo.

Es decir, no basta con recordar a Barrio, hay que reivindicar aquello que representó.

Y en política, reivindicar un legado también implica asumirlo.

De ahí que las dos escenas —la de De la Peña y la de Bonilla— terminen conectándose.

Por un lado, el secretario general de Gobierno rescata la advertencia de Maru Campos: el miedo no debe doblar las voluntades.

Por el otro, el alcalde recupera el consejo de Pancho Barrio: “es tiempo de los valientes. No hay que rajarse”.

Dos frases, dos generaciones y un mismo destinatario: Chihuahua.

¿Coincidencia?

Puede ser.

Pero en política, las coincidencias suelen ser particularmente interesantes cuando ocurren justo antes de una contienda electoral.

Y mientras algunos siguen buscando quién será el candidato, otros ya parecen estar escogiendo el lenguaje con el que quieren llegar a esa batalla.

Valientes contra el miedo.

Los que se doblan contra los que plantan cara.

Los que se rajan contra los que aguantan.

Y si algo quedó claro en estos dos actos es que Marco Bonilla no parece estar pensando en quitarse del camino.

Al contrario.

Parece estar recordando las palabras de quien alguna vez abrió brecha en Chihuahua para decir, con todas sus letras, que es tiempo de los valientes.


Hablando de eventos políticos que sirven para homenajear el pasado y otros que, por mero accidente o desesperación, terminan convertidos en pasarela de la ironía. La reciente desvelación del busto de Francisco Barrio Terrazas frente al Campus II de la UACH logró juntar ambas cosas. Entre la nostalgia panista y las porras bien orquestadas, la fotografía dejó al descubierto a más de un personaje desorientado.

Lo descarado del evento no fue el bronce ni la nostalgia noventera de la vieja guardia, sino ver en primera fila a especímenes del oportunismo migratorio como Carlos Borruel y Miguel Riggs. Ahí estaban, estirando el cuello entre la concurrencia. Resulta que estos muchachones, tras haber dado el brinco y alinearse con la autodenominada «Cuarta Transformación» —ese régimen que acumula sospechas por su estrecha cercanía con el crimen organizado y abraza la retórica del cinismo—, de pronto sintieron frío. Y como dice el refrán norteño: al ver que en el barco guinda la cosa se pone fea y su futuro político rueda cuesta abajo, corrieron a arrimarse a donde calienta gordas. Nada como intentar recuperar un poco de oxígeno al calor del arrastre social que presume el alcalde de Chihuahua, Marco Antonio Bonilla, perfilado sin escalas hacia la candidatura panista por la gubernatura.

La verdadera razón detrás de la salida de Juan Blanco; otro panista vinculado con la traición

En los últimos días han circulado distintas versiones para explicar por qué el ahora exfuncionario dejó el cargo. La más cómoda —y también la que algunos han querido vender como verdad absoluta— es que su salida habría tenido que ver con su respaldo al exfiscal César Jáuregui.

Pero resulta que la historia podría ser bastante diferente.

De acuerdo con la información que ha comenzado a trascender, el problema no habría sido que Juan Blanco tuviera simpatías por determinado personaje panista. El verdadero problema estaría en dónde, cómo y con qué recursos habría decidido hacer política.

Porque Blanco no estaba sentado en una cafetería opinando sobre la sucesión de 2027. Era titular de Carreteras de Cuota, un cargo dentro de la administración estatal, con acceso a estructura, relaciones, reuniones y una red de contratistas que, de acuerdo con los señalamientos, habría terminado siendo utilizada para algo bastante más delicado: operar políticamente en favor de Cruz Pérez Cuéllar, aspirante de Morena a la gubernatura.

Y ahí cambia completamente la película.

Según lo que se ha documentado, la operación habría tenido como uno de sus principales operadores a Fernando Robles, identificado como uno de los contratistas más relevantes del organismo. Desde ahí, se habrían convocado reuniones con otros contratistas y personas vinculadas al Gobierno estatal para explorar apoyos al proyecto político del alcalde con licencia juarense.

Si estos señalamientos se confirman, entonces la discusión no sería sobre si Juan Blanco podía tener una simpatía política distinta.

Por supuesto que podía.

El asunto sería otro: si utilizó el cargo que le confió la gobernadora Maru Campos para construir, desde dentro de la administración, una operación política en favor de quien pretende sucederla desde Morena.

Eso, en política, tiene un nombre bastante menos amable que “diferencias políticas”, se llama deslealtad, traición?

Y resulta particularmente curioso que ahora aparezcan voces dentro del propio PAN intentando colocar a Blanco en el papel de víctima política, como si de pronto hubiera sido expulsado por pensar diferente, por tener criterio propio o por haber cometido el pecado de apoyar a determinado candidato.

El problema es que, si los datos que circulan terminan acreditándose, la historia sería exactamente al revés.

No estaríamos ante un funcionario castigado por sus preferencias políticas, sino ante un funcionario que habría decidido jugar en dos pistas: disfrutar durante años de las mieles de la función pública y, al mismo tiempo, construir una ruta política con el adversario.

Y eso explicaría por qué ahora hay quienes parecen empeñados en fabricar una versión más cómoda de la historia.

Durante años, Blanco habría disfrutado de posiciones dentro de la administración pública y, de acuerdo con los señalamientos, también habría buscado apoyos y beneficios de actores políticos y gobiernos municipales, particularmente en municipios gobernados por el PAN, donde presuntamente habría solicitado respaldo para contrataciones de servicios y otras prebendas.

Si durante años se recibió apoyo político, institucional y laboral de un mismo grupo, lo mínimo que se espera al momento de tomar una decisión política es no olvidar quién le abrió la puerta.

Ahora resulta que hay lágrimas, indignación y hasta cierto aire de tragedia personal.

¡Qué cosa!

Después de años de disfrutar el puesto y de moverse cómodamente en los espacios del poder, ahora toca interpretar el papel del funcionario agraviado.

Eso sí: las lágrimas políticas tienen una peculiaridad; suelen aparecer justo cuando se acaba el cargo.

Y todavía falta lo más interesante.

Porque se espera que en los próximos días comiencen a conocerse más detalles sobre las reuniones que presuntamente se realizaron, los lugares donde ocurrieron, quiénes participaron y, sobre todo, qué papel tuvieron funcionarios, contratistas y otros personajes vinculados a la administración estatal.

Ahí será donde la historia deje de ser una colección de versiones y pueda comenzar a sostenerse —o caerse— con nombres, fechas y hechos verificables.


En la acera de enfrente, Morena sigue regalando estampas de pura comedia involuntaria. En la presentación del informe de Bonilla ante el Cabildo, el presidente del Consejo Estatal de Morena, Hugo Eduardo González Muñiz, intentó armar su show con un discurso cargado de ataques sin pies ni cabeza. El fiasco fue tal que ni los de su propia bancada le hicieron segunda; el muchacho terminó leyendo solo, masticando su coraje y retirándose, de la presidencia municipal mientras sus propios compañeros de partido se quedaban a felicitar al alcalde.

Mientras tanto, la narrativa guinda roza el cine de culto. Cruz Pérez Cuéllar salió a declarar con total desenvoltura que estamos «a nueve meses de que dé a luz la transformación en Chihuahua». La analogía no podría ser más desafortunada: más que un nacimiento esperanzador, a los chihuahuenses les suena al parto de El bebé de Rosemary. Una criatura de pesadilla pensada para abrirle la puerta al narcopartido y replicar en el Estado Grande el desastre de ingobernabilidad que ya sufren vecinos como Sinaloa. Todo esto, por supuesto, mientras Pérez Cuéllar y la senadora tiktoker Andrea Chávez se destrozan por debajo de la mesa por la candidatura, desmintiendo esa farsa de que en Morena reinan el amor y la unidad.

Esa supuesta «hermandad» guinda quedó también al desnudo el pasado viernes en otro caso,  cuando la marcha del sindicato de la UACH se topó con el plantón de la Normal de Saucillo. Sabido es que tanto el asesor legal del sindicato universitario como los orquestadores de las normalistas le rinden culto al mismo altar morenista. Pues bien, bastó con que un grupo de encapuchadas se metiera a provocar a la marcha para que la fraternidad de la 4T terminara entre jalones de cabellos, empujones y descalificados a mano limpia. Ni para coordinar sus propias provocaciones les alcanza. La ciudadanía no es ciega: entre títeres que se mueven desde La Chingada y promesas de bienestar que huelen a ficción, el circo oficialista empieza a quedarse sin público.

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