
Por HORUS La Columna
La tarde de ayer, en el auditorio del Museo Semilla, se respiraba solemnidad republicana. El motivo: la audiencia pública para la conformación de la Reforma Electoral Federal. El resultado: un coro de buenas intenciones que, si no se traduce en acciones reales, terminará siendo otro capítulo del teatro político nacional, ese donde todos defienden el federalismo… hasta que el centro levanta la voz.
Ahí estaban todos: diputados locales, magistrados electorales, la presidenta del IEE, representantes empresariales, y claro, la gobernadora Maru Campos, quien no se anduvo por las ramas. Con voz firme —y un dejo de advertencia— dejó claro que “en la reforma electoral que construye el gobierno federal, la voz de Chihuahua debe ser escuchada”. Palabras que resonaron fuerte entre el eco del auditorio y el eco más profundo: el de un país que se debate entre el federalismo constitucional y el centralismo político de siempre.
Maru recordó algo que duele y que muchos en el centro olvidan: los avances democráticos no nacieron en Palacio Nacional, sino en la periferia, en los estados, en la sociedad civil, en la resistencia frente al autoritarismo. Pero claro, esa memoria histórica no suele agradar a los que hoy, con discursos de pueblo, buscan concentrar el poder en una sola voz… la suya.
Ojalá, como dicen los optimistas, esta audiencia no haya sido una simulación más. Porque si algo nos sobra en México son las “consultas públicas” que ya traen el guion escrito desde antes de abrir el micrófono.
Pero mientras en Chihuahua se habla de federalismo, en la Ciudad de México el Congreso aprobaba un Presupuesto de Egresos 2026 que parece redactado por un contable de campaña y no por un gobierno responsable.
Un presupuesto “histórico”, sí: más de 10.1 billones de pesos. Histórico también en su nivel de endeudamiento y en su falta de lógica.
Porque resulta que en plena crisis de violencia, inseguridad y miedo cotidiano, el gobierno decidió recortar casi 19% en términos reales al gasto en seguridad.
Sí, leyó bien: menos dinero para policías, fiscalías, sistemas forenses y cuerpos de seguridad… mientras los trenes presidenciales, las refinerías elefantiásicas y los programas clientelares reciben miles de millones adicionales.
Lo irónico es que para pagar esas obras faraónicas —y seguir financiando el aplausómetro electoral—, el país se endeudará por más de 10 mil millones de pesos.
La receta perfecta: gastar más, producir menos y endeudarse hasta el cuello. Un déjà vu que recuerda a Cuba, Venezuela y aquella Argentina populista donde el discurso social terminó arrastrando a millones a la miseria, mientras los caudillos engordaban sus bolsillos y sus egos.
Y mientras el país se endeuda y las cifras se maquillan, el campo mexicano se marchita.
En Chihuahua, los campesinos y ganaderos ya lo viven en carne propia: protestas, bloqueos y desesperación ante el cierre de la frontera y la ineficaz gestión federal en las negociaciones con Estados Unidos.
A cada protesta rural le acompaña un silencio en la Secretaría de Economía, y a cada marcha le responde una conferencia mañanera con culpas repartidas.
Los productores enfrentan pérdidas millonarias mientras Washington aumenta la presión, advierte sobre aranceles, sanciones y hasta sobre la revisión del T-MEC, ese tratado que el gobierno presume pero no cuida.
Y si eso no bastara, el crimen organizado —ese al que se combate con abrazos y no con estrategia— domina amplias zonas del país.
Tan graves son los vacíos de autoridad que ya se habla, en voz baja pero creciente, de “intervenciones internacionales” para frenar la violencia que el Estado mexicano no quiere enfrentar.
Así, mientras en los auditorios se habla de democracia y federalismo, afuera la realidad hace fila: inseguridad, endeudamiento, campo abandonado y una economía que cojea.
Y aunque todos aplaudan las palabras bonitas, al final la democracia no se defiende con discursos, sino con decisiones valientes.
De poco sirve que en Chihuahua se hable de soberanía si desde el centro siguen escribiendo las reglas del juego.
De poco sirve que el presupuesto sea “histórico” si lo que quedará para el ciudadano es más deuda, menos seguridad y un país cada vez más roto.
Porque sí, la historia se repite… solo que ahora los aplausos suenan más fuerte que las advertencias.
Y como en todo buen espectáculo político, el telón cae, el público aplaude, y los actores —de ambos bandos— se preparan para la siguiente función.