
Horus la Columna
20 de agosto.- En un acto que muchos califican como un golpe maestro de la burocracia, Ulises Lara, Fiscal General de la Ciudad de México, se ha erigido como el nuevo defensor de la ley, o al menos de una ley que parece interpretar a su conveniencia. Con el fervor de un paladín de la justicia, Lara impidió la detención del exgobernador Javier Corral en pleno restaurante Gin Gin, no porque Corral fuera inocente o porque la orden de aprehensión careciera de mérito, sino porque, ¡oh, sorpresa!, a la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua se le olvidó enviar una carta de cortesía avisando que iban a capturar a alguien en su territorio.
Lara, en su discurso nocturno de ocho minutos, afirmó que la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua no es parte del convenio de colaboración entre fiscalías que data de 2012. Aparentemente, este pequeño detalle lo convierte en un escudo legal impenetrable, como si la justicia dependiera de sellos y formalidades más que de la verdad y la ley. Y así, mientras los agentes de Chihuahua trataban de cumplir con su deber, ejecutar una orden de detención que emite un Juez, Lara les enseñaba la burocracia como un crucifijo a un vampiro.
Pero no nos equivoquemos, Lara insiste en que no «rescató» a Corral. Solo evitó, dice él, una detención ilegal, porque al parecer, en su mundo, lo más importante no es que un juez de control haya emitido una orden de aprehensión, sino que los fiscales jueguen bien al protocolo de «¿Me da permiso para detener a su fugitivo?». ¡La formalidad antes que la justicia!, irrisorio…
Lara se arropa en la legalidad, claro, pero solo en la que le conviene. ¿Cómo es posible que se atreva a decir que la Fiscalía Anticorrupción actuó «al margen de la ley», cuando lo único que hicieron fue intentar cumplir con una orden judicial? No, Ulises, el que obstruye la justicia bajo el pretexto de tecnicismos es quien realmente está al margen de la ley.
Pero lo más preocupante no es solo el legalismo con el que Ulises Lara envuelve su maniobra, sino el tufillo político que se desprende de toda esta farsa. ¿De verdad espera que creamos que su intervención fue puramente legalista y no un acto de conveniencia política? Es difícil no ver en este show la mano de alguien que prefiere proteger a sus amigos antes que hacer lo correcto. Lara dice que todo fue «para evitar la desestabilización política», como si la captura de un exgobernador acusado de corrupción no fuera, en sí misma, un acto que refuerza la justicia y la estabilidad.
Y para rematar, Ulises Lara anuncia que presentará una denuncia ante la FGR por la supuesta «flagrante violación a la ley» por parte de los agentes de Chihuahua. Claro, porque en este mundo retorcido, los que intentan hacer cumplir la ley son los villanos, y los que los obstruyen, los héroes.
Mientras tanto, Corral sigue libre, blindado por la maraña de tecnicismos que Lara tan convenientemente desenterró. Y los ciudadanos, observamos cómo la justicia se convierte en un juego de poder, donde las reglas se aplican solo cuando conviene y se retuercen cuando no.
Quizás lo más triste de todo es que, con actuaciones como la de Ulises Lara, lo único que se desestabiliza es nuestra ya frágil confianza en que la justicia en este país realmente sirve para algo más que proteger a los poderosos.